Lee Caminos de un Templario, el cambio de tu vida

Eduardo Agüera, os regala dos capítulos de esta bonita historia. Os aseguro que si leéis este libro, vuestras vidas cambiará. Hoy podéis leer este libro, lo podéis conseguir en Amazon, tanto en formato digital, como en pasta blanda.

Hoy, quiero que leáis dos capítulos de este libro, vais a sentir la belleza de esta historia, vais a sentir el mejor camino de vuestras vidas.

CAPÍTULO I

ENRIQUE DE LEDESMA

Esta historia comenzó en plena Edad Media entre los años 1157 y 1205. Fue una época de numerosas batallas protagonizadas por reyes, príncipes, marqueses, duques, caballeros y campesinos. A partir del año 1119, surgen las primeras Órdenes militares:

     Templarios, Hospitalarios, Santiago Apóstol y Calatrava.

      En la Orden de los Templarios hubo un joven caballero que marcó toda su vida luchando, en busca de la paz y el amor por los caminos hacia Tierra Santa. Este caballero se llamó Enrique de Ledesma. Quedó como una leyenda y se convirtió en el caballero más importante del siglo XII.

     Ledesma es un pequeño pueblo perteneciente a la provincia de Salamanca dentro del Reino de León. Por este pueblo cruza un río plagado de leyendas llamado Tormes. Al mismo tiempo está rodeado por la Sierra de Gredos y el Sistema Central. Numerosos prados y bosques custodian a este hermoso pueblo. Los grupos de casas, castillos y monasterios hacen de Ledesma un lugar de una belleza única e incomparable.

     La mayor parte de sus habitantes se dedicaban a la agricultura y ganadería; la otra minoría pertenecía a la nobleza. Una cuarta parte de todos los trabajos realizados en la labranza de las tierras era para los campesinos y el resto, para la monarquía. Los productos cosechados eran cereales, vid, remolachas y viñedos. Sacaban los mejores vinos de la comarca. En cuanto al ganado el que más predominaba era el porcino.

     Los habitantes vivían felizmente y apreciaban a su rey.

     Era el 1 de enero de 1157. El rey Fernando II de León, inició junto a una docena de sus mejores caballeros la construcción de la mayor fortaleza del reino. Flanqueó al pueblo con imponentes murallas y seis almenas de vigilancia, tres al norte y tres al sur. Se necesitaron más de dos mil personas para construir la gran fortaleza.

      A principios de julio de 1169, hacía un calor abrasador. Las tropas de los sarracenos liderados por un malvado sultán egipcio llamado Saladino, se encontraban entre las inmediaciones de las murallas. Por aquella época conquistaron zonas del norte de España: Galicia, Cantabria y buena parte de León. Las personas le temían al malvado Sultán por su fama de ser tan sanguinario. Formó un gran ejército compuesto por diez mil combatientes entre guerreros a caballo y otros, a pie. El inmenso ejército consiguió derribar parte de las murallas del pueblo. Mató a todos los centinelas de las almenas, por lo que le resultó más fácil acceder al interior del pueblo por la puerta norte. Miles de personas yacían por las estrechas calles, entre ellas niños, mujeres y caballeros que luchaban para proteger a su honorable rey. 

      El pueblo quedó destruido completamente dando un aspecto fantasmagórico. El rey leonés Fernando II consiguió sobrevivir al terrorífico ataque del sultán. Huyó hacia las altas montañas de la Sierra de Gredos. Además del rey, los únicos del pueblo que lograron sobrevivir al brutal ataque de las tropas sarracenas fueron una pareja de enamorados porque se ocultaron en el interior de una carreta tirada por varios bueyes, cubierta de paja. Por suerte, los soldados sarracenos no le prendieron fuego por lo que la pareja milagrosamente logró salvar su vida.

     Los sanguinarios sarracenos se retiraron del pueblo al ver que un batallón de caballeros Templarios descendía de las montañas próximas. Cuando llegaron los caballeros, se encontraron con un verdadero infierno. El olor a carne quemada y las casas destruidas hirieron la sensibilidad de estos seguidores de Cristo. Miles de personas murieron ante las manos del malvado sultán.

      Para evitar epidemias, los caballeros Templarios se ocuparon de enterrar algunos cadáveres que no habían sido quemados. Uno de ellos se acercó a la carreta. Al oír un ruido extraño desenfundó su espada pero una voz –dijo:

    –¡­Por favor, no me matéis! Me llamo Enrique y ella es mi novia Dorotea. Nos escondimos en esta carreta porque estábamos dándonos besos de amor. Pero cuando oímos a esos guerreros decidimos seguir escondidos.

     Los dos enamorados salieron de la carreta, disculpándose con el caballero.

    –¿Dónde están mis padres? ­­–preguntó Dorotea asustada. El caballero, con el rostro desencajado y triste afirmó:

    –Siento mucho deciros qué nadie ha podido sobrevivir al brutal ataque. Mis hermanos de la Orden están enterrando a todos los habitantes  del pueblo.

    –Es un milagro de Nuestro Señor Jesucristo que estéis vivos. Enrique abrazó a Dorotea. El caballero amablemente comentó:

    –Me llamo Adolfo de Pozoblanco. Soy el Maestre de León y pertenecemos a la Orden del Temple. Vivimos en un castillo a las afueras del pueblo. Estáis en peligro. Vayamos al castillo. El resto de los caballeros continuó quemando cadáveres. Ya estaban descomponiéndose debido a las altas temperaturas del fuerte calor.

    Los caballeros se retiraron al castillo.

    El Maestre consiguió un caballo para la pareja. Tras un buen rato de camino llegaron al castillo.

    Estaba ubicado en una colina a doce millas del pueblo en plena Sierra de Gredos.   

    Adolfo de Pozoblanco invitó a la pareja a vivir en su fortaleza. Estuvieron conviviendo con los bondadosos monjes durante tres años. En el invierno de 1172, Dorotea cayó gravemente enferma con fiebres altas y fuertes dolores en el vientre. Dos días después, la bella Dorotea falleció. Enrique cayó en una profunda depresión pero logró salir adelante gracias a los caballeros Templarios.

ENTRANDO EN LA ORDEN DEL TEMPLE

El Maestre Adolfo de Pozoblanco le propuso a Enrique entrar en la Orden. Acompañado de numerosos caballeros, se reunieron en una gran sala con techos abovedados. El joven aceptó y lo bautizaron como Enrique de Ledesma

    Enrique acababa de cumplir los 20 años y el Maestre le dijo:

    –¡Me encargaré que seáis un buen caballero pero para eso hay que superar unas pruebas muy duras! Todo el mundo no supera estas pruebas. Con fe, todo se consigue. Vos tenéis que dejar a tu familia y dedicaros plenamente a la Orden, no podéis enamoraros, ni besar a una mujer, ni tener relaciones carnales. Debes querer a Dios sobre todas las cosas y llevar la paz y el amor por todos los lugares sagrados, en especial, en Tierra Santa. Hay que proteger a los peregrinos y, si es preciso, dar vuestra vida por Dios y su hijo Jesucristo Nuestro Señor.

    Enrique de Ledesma se arrodilló ante el Maestre –dijo muy orgulloso de sí mismo.

    –Acepto entrar en la Orden, mi fe es tan grande que asumo mi sufrimiento para darle paz y amor a todo el mundo y perderé la vida si es preciso y dejaré mi alma en esos caminos sagrados por la fe en Cristo. Todos los caballeros aceptaron al joven Enrique. A la mañana siguiente comenzaron las pruebas. El joven se despertó a las cuatro de la mañana. Se dirigió a la capilla, tenía que rezar diariamente quince (Pater Noster), padrenuestros. Después se acercaban a los establos para el cuidado de los caballos.

    Los monjes empezaron con las primeras clases: filosofía del pensamiento y del espíritu, historia antigua e historia de los textos sagrados. También estudiaban diferentes lenguas: árabe, hebreo, arameo y latín. Cuando concluían las clases tenía quince minutos para comer. A continuación, los monjes les enseñaban a cultivar hortalizas, a cuidar de los animales y a respetar la naturaleza sin matar a ningún animal, excepto para comer o por defensa.

    Enrique de Ledesma estuvo durante cinco años estudiando con los monjes-guerreros. Adolfo de Pozoblanco dijo:  

    –Non nobis domine, non nobis sed nomini tuo da gloriam –.Habéis superado los estudios con los monjes, que no es nada fácil. Ahora llega la parte más dura, aprenderéis a manejar todas clases de armas, tanto a caballo como a pie, tácticas de defensa y reconocimientos de terrenos. Aún estáis a tiempo para renunciar.

    Todos los aspirantes repetían la misma frase en latín:

    –Non nobis domine, non nobis sed…

    Enrique comentó:

    –Voy a continuar con la Orden y no voy a renunciar a ello. Mi fe es tan grande que aguantaré mucho más. Mi corazón me ayuda cada día.

     Los años fueron pasando y Enrique fue superando todas las pruebas con gran facilidad. Los caballeros quedaron impresionados por las ganas de superación que tenía el joven, tenía un gran corazón, mucho talento y una fuerte personalidad.

     En abril de 1180, el castillo se plagó de caballeros templarios procedentes de España, Francia e Italia, incluido el Gran Maestre, Arnau de Torroja. Venían de una larga expedición en Tierra Santa. Visitaron España por una misión que el Papa había encomendado. Como se encontraban cerca de Ledesma, Adolfo de Pozoblanco los invitó a que se quedaran en su castillo para el nombramiento al nuevo caballero del Temple. La ceremonia se celebró en la capilla.

     Arnau de Torroja dio la orden para que comenzara la ceremonia. El Gran Maestre estaba sentado en un cómodo sillón en el centro del altar. A su derecha se encontraba, Adolfo de Pozoblanco. En el centro de la gran sala una larga alfombra roja cruzaba hacia el altar. Las paredes estaban por largas banderas blancas con la cruz templaria o de paté en el centro.

    Enrique de Ledesma entró en la gran sala, se emocionó por la multitud de caballeros que había congregados. Continuó caminando hacia el altar muy lentamente. Un olor fuerte a incienso se extendía por toda la capilla, se arrodilló frente al Gran Maestre e hizo una reverencia con la cabeza.

    –Gran Maestre, para mí es un honor pertenecer a esta Orden –dijo Enrique poniendo su mano derecha en su corazón

   Comenzó el juramento.

   El Gran Maestre exclamó.

    –¡Juráis que vais a obedecer a vuestro superiores y respetarlos!

    –Sí, lo juro, Gran Maestre –afirmó Enrique.

    El Gran Maestre continuó diciendo.

    –Juráis, defender al Papa y a vuestro rey, proteger a los peregrinos de Tierra Santa y no abandonar el campo de batallas bajo ningún concepto. Recordad no matar animales, excepto si es para alimentarse o en defensa propia.

    –Sí, lo juro.

    El Gran Maestre concluyó con estas palabras:

    –Sabéis que en la Orden figuran 72 artículos los cuales tenéis que cumplir a la perfección. Con este juramento, os nombro caballero de la Orden del Templo de Salomón. Os felicito, poneos este manto blanco; esta cruz roja que lleváis en el hombro izquierdo es la cruz octogonal. Es la que os identifica como caballero Templario. Con estas palabras, os bautizo como Enrique de Ledesma.

     El Gran Maestre derramó un poco de agua bendita sobre la coronilla de Enrique. Todos los caballeros felicitaron al nuevo caballero.

    A la mañana siguiente el Gran Maestre entregó todas las pertenencias de caballero Templario. El equipo militar constaba de:

    Loriga, calzas de hierro, yelmo o casco, espada, estoque, puñal, lanza adornada con gallardete blanco, escudo triangular, escudo largo, cota de malla, gualdrapa que protegía al caballo del sol. La cruz figuraba en el gallardete de la lanza y en el extremo izquierdo de los escudos.

     El equipo personal constaba de: dos camisas, dos pares de calzas, un par de calzones, un sayón, un manto blanco, una túnica de invierno y otra de verano, un cinturón, una servilleta para la mesa, una cuchara, un tenedor, un cuchillo, una navaja, un caldero, un cuenco, una toalla, una manta gruesa y otra ligera.   

    Todos estos objetos fueron entregados a cada caballero y tenían que cuidarlos siempre. Todo tenía que estar limpio. Se dejaban crecer el pelo. Su alimentación era vegetariana; solamente en casos extremos comían carne. Se podía comer carne tres veces por semana como máximo. Una vez terminó el Gran Maestre de entregar sus pertenencias, se marcharon hacia el condado de Cataluña y de ahí nuevamente hacia Tierra Santa.

     En septiembre de 1180, Enrique de Ledesma abandonó el castillo para iniciar y hacer el bien por los demás y hacer un largo camino por todos los pueblos de España y así visitar y proteger sus santos lugares.

Seguro que habéis sentidos una energía especial de Enrique de Ledesma.

Con un click, podéis leer este libro.

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