Archivo | septiembre 2019

SANGRE Y ACERO UN LIBRO DE EDUARDO AGÜERA

Una historia increíble. Comparto con todos vosotros el primer capítulo de Sangre y Acero

I

FERNANDO I DE CASTILLA Y LA INFANTA SANCHA DE LEÓN
Fernando, conde de Castilla y la infanta Sancha, contrajeron matrimonio, el 11 de mayo de 1033, en León, en la iglesia de San Isidro. Al unirse con Sancha, Fernando fue coronado rey de León. Hubo numerosos enfrentamientos por la corona, el malvado Bermudo, hermano de Sancha, hizo todo lo posible, para evitar que reinara Fernando.
Bermudo III, puso las cosas difíciles al conde castellano, evitando la boda de su hermana. En las inmediaciones de la iglesia hubo una gran batalla entre las tropas de Fernando y la de Bermudo III. La batalla fue tan sangrienta que el propio conde tuvo que aplazar su matrimonio.
La caballería de Fernando I fue tan fuerte e indestructible, por lo que Bermudo III tuvo que huir hacia las altas montañas de León. El ejército de Bermudo fue totalmente aniquilado.
Fernando I puso a salvo a su amada, en el castillo de Monterrey, situado en el pueblo castellano de Ocaña, a unos kilómetros de Aranjuez, en Castilla, donde residía. La vigilancia se duplicó en todo el reinado, temiendo a que volviese a emprender otro nuevo ataque el malvado Bermudo.
Ese mismo año, Fernando I fue coronado rey de Castilla, tras la muerte de su padre, Sancho III.
Días después, el rey anunció nuevamente su enlace matrimonial. La infanta Sancha aceptó y felizmente contrajeron matrimonio. Al unirse, Fernando fue coronado rey de León. Por lo que Bermudo fue al exilio. Se refugió en Tamarón, en Burgos.
Sancha quedó embarazada. El 2 de mayo de 1034, dio a luz a su primer hijo, una niña llamada, Urraca.
Fernando I seguía conquistando tierras y creciendo sus territorios. Galicia, Valladolid, Salamanca y posteriormente Burgos. Su legado fue tan grande que le pusieron el sobrenombre de, Fernando el Grande.
Bermudo cogió tanta envidia del monarca, que reunió a un gigantesco ejército.
Un año después, cuando Fernando se encontraba en León, junto a Sancha y su hija. Un caballero vestido de negro entregó un mensaje. El mensaje decía así:

Tamarón, 20 de julio de 1037
A su majestad:
Don Fernando de Castilla y conde de León, os informo que el reinado de León me pertenece desde hace años. Mi hermana contrajo matrimonio con vos, cosa que no compartí. Entiendo que me vencisteis, pero esta vez voy a retaros y os digo que no descansaré, hasta conseguir mi reinado. Mi ejército está preparado, estoy dispuesto para arrebataros mis tierras leonesas.
Os saluda,
Bermudo III, rey de León.
Tras leer la carta, Fernando consiguió reunir a un invencible ejército. Su hermano, el rey de Navarra, García Sánchez, se reunieron en palacio en las medianías leonesas, ya que se encontraba cerca de Voznuevo, al norte.
–Querido hermano os tengo que decir que Bermudo III me ha desafiado y me reta por el reinado de León –comentó Fernando con preocupación.
–¡Bermudo! ¡Otra vez! No os preocupéis hermano, reuniré a mi ejército y venceremos, aunque hay que tener mucho cuidado, no sabemos que trama –admitió García Sánchez.
–Debemos componer el ejercito, un ejercito jamás formado y que sea invencible, no puedo permitir que Bermudo consiga el reinado –expresó consternado Fernando.
–Hermano, lamento deciros, tan sólo he traído un centenar de caballeros, pero vuelvo a Navarra, en quince días tendré a mi ejército –añadió García.
–Hagámoslo así, en quince días quedamos en el valle de Tamarón, no perdamos más tiempo, antes que mi cuñado esté aproximándose a León –admitió Fernando.
–Querido hermano, esta tarde salgo hacia Navarra, si me apresuro, en diez o doce días estaremos en el valle de Tamarón, además si os he mandado este comunicado, es para despistaros, seguro que Bermudo está cerca de León –añadió García.
Esa misa tarde, García Sánchez puso rumbo hacia Navarra, en una semana y media llegó a su reino. Formó su imponente ejército y se dirigió hacia Burgos.
El rey Fernando se despidió de su esposa, Sancha y su hija, que contaba apenas dos años de edad. Sancha, había quedado nuevamente embarazada.
El rey con tristeza se acercó a Sancha;
–Voy al campo de batallas, su hermano me ha retado en Tamarón, os dejo con uno de mis mejores caballeros, él os protegerá. Si Dios me deja volver disfrutaré de mi hija y de mi futuro hijo –admitió el monarca cabizbajo.
Sancha cogió fuertemente a su amado y le abrazó con firmeza.
–No vayáis, conozco la maldad de mi hermano, seguro que os tiene una trampa y os matará –dijo Sancha, mientras sollozaba.
Fernando agarró a Sancha y la besó tiernamente.
–Bella amada… no os preocupéis, he hablado con mi hermano García, me ayudará. No voy a consentir que me mate, volveré… Dios me protegerá.
Al despedirse de Sancha, Fernando bajó al patio del castillo, más de quince mil hombres esperaban con sus armaduras y fuertemente armados, gritaban.
–¡Larga vida al rey! Volvían a gritar.
–¡Larga vida al rey!
Fernando con orgullo dijo.
–Valientes caballeros, vamos al campo de batallas, venceremos al enemigo, porque Dios está con todos nosotros, León es nuestro reino, no podemos permitir que nos lo arrebaten.
Los caballeros gritaban alegremente y convencidos de su victoria.
–Defenderemos nuestro reino y a nuestro rey. ¡Larga vida al rey!
El relincho de los caballos se oía por todas las comarcas Leonesas, el eco de las armaduras y los gritos de valentía de los combatientes. Iban en fila de a dos, algunos formados en grupos. Los lanceros y arqueros, iban a la cabeza, y seguidamente, la caballería pesada.
Avanzaban lentamente, hasta perderse en los verdes campos leoneses.
Esa misma noche, el monarca montó el campamento cerca de Villorejo, una pequeña pedanía, cerca de Burgos.
El monarca ordenó a sus comandantes a reforzar la vigilancia por todo el perímetro. El comandante personal de la guardia del monarca, Pedro de Grijalba, duque de Grijalba, se acercó a su tienda mientras, el rey descansaba plácidamente.
–Majestad, dais vuestro permiso, vengo a deciros un plan de ataque, probablemente Bermudo esté cerca del Pisuerga.
El rey despertó rápidamente y sobresaltado.
–Sí, ¿Qué deseáis? –preguntó el rey.
–No logro conciliar el sueño. Majestad, Bermudo es capaz de no descansar, sus tropas están avanzando día y noche, para así avanzar más rápidamente.
–¿Estáis diciendo que tenemos que desmontar el campamento de inmediato? –preguntó el monarca.
–Efectivamente, si no lo hacemos, él nos atacará. Está buscando la forma de buscar nuestro punto más débil –admitió el comandante.
–De acuerdo, desmonten el campamento. Es hora de continuar, avanzaremos de noche, gracias por vuestro consejo comandante –dijo el rey agradecido.
Fernando, continuó adentrándose por las llanuras leonesas, dejaron atrás muchos pueblos, Villarejo, Villarmentero y por último, Villatoro.
A pesar de estar toda la noche sin dormir, avanzaron bastante, Pedro fue felicitado por el monarca. En las cercanías de Villatoro descansaron, para continuar al amanecer. Los soldados estaban cansados, necesitaban beber agua y comer, para reponer fuerzas. Al rey le gustaba mantener su ejército fuerte, había llevado consigo numerosas provisiones.
A la luz de la Luna disfrutaban de una buena cena.
Pedro se acercó al monarca.
–Majestad, hemos avanzado bastante, por la mañana llegaremos a Villacienzo, y en poco tiempo estaremos en Tamarón. Estoy seguro que Bermudo no estará allí.
–Os felicito por vuestra valentía, os asciendo a jefe de mi guardia personal, sois el jefe de todo mi ejército –dijo el rey.
–Gracias majestad, simplemente hago mi trabajo lo que mejor que puedo, mi labor como buen caballero es defender a mi rey.
Fernando es una persona de gran estatura, sus trajes de maya hecho a medida, ya que medía más de 1,90 a pesar de tener un cuerpo bien formado, con fornidos brazos.
–Mi rey, es un placer pertenecer a vuestro reino –dijo Pedro.
–A muchos, no le gusta que sea rey de León, mi cuñado está detrás de la corona. Él quiere ser rey de León. He mandado un caballero a Castilla, para que envíe más refuerzos, contra más combatientes mejor. Además, Bermudo es amigo del rey almorávide de Sevilla y Zaragoza, seguramente ha colaborado en su ejército –comentó el rey.
–De ese perverso, cualquier cosa es posible. Es capaz de vender su alma al mismo Diablo, para conseguir más tierras –afirmó Pedro.
Fernando se puso en pie, miró a la hermosa Luna y pensó en Sancha, y en su hija. Invocó a Dios, a Jesús y a todos los Santos del cielo.
Volvió a sentarse junto al resto del ejército, ya que estaban descansando, reponiendo fuerzas. Pedro se sentó junto a dos comandantes más. Estaban ideando diferentes planes ofensivos, contra las tropas de Bermudo III.
Al rey, le gustó el plan que expuso Pedro, fue hacia él y dijo.
–He observado vuestra trayectoria militar, conocéis bien a mi cuñado, por eso él os nombró, duque de Grijalba.
Pedro estaba afilando su espada, la colocó en una roca cercana, y amablemente admitió.
–Majestad, he servido durante unos años, en el ejército de Bermudo III. Conozco sus pasos, sus estrategias, sus maldades, su punto débil es, atacar la retaguardia.
–Sí, ya veo, que conocéis sus pasos. Lo importante es tener varios bandos de ejércitos, pronto vendrá mi ejército de Castilla y el de mi hermano –respondió el rey.
Al amanecer, el ejército de Fernando continuó su marcha a través del río Pisuerga, subieron hacia el norte y se desviaron hacia este. Aunque la temperatura no acompañaba a la marcha, la debilidad entre los combatientes se hacía reflejar en sus rostros La pesadez de sus ropas, sus armas, cascos y su peor enemigo, la sed.
Llegaron a un riachuelo cerca de un pueblo, Sacramania. Allí descansaron a la sombras de unos viejos robles. El calor era abrasador y el ambiente irrespirable, hacía que miles de caballos bebieran incansablemente, para saciar su sed. Algunos soldados refrescaban sus rostros y muchos llenaban sus botijos.
El sol de mediodía, a mediado de agosto era inaguantable, por lo que el rey tuvo que acampar en las inmediaciones, hasta que el ejército recuperara las fuerzas necesaria. Muchos, empezaban a enfermar por el cansancio, por la desnutrición. La comida se había agotado y tuvieron que acercarse a Sacramania en busca de provisiones.
Un comandante acompañado por un centenar de caballeros fue al pueblo. Poco antes del atardecer, el comandante llegó cargado con abundante vino, cereales, arroz, patatas y frutas.
Por la noche, el ejército ya estaba totalmente recuperado, Pedro ordenó levantar el campamento para seguir avanzando.
Al rey le pareció bien seguir caminando de noche, ya que bajaban las temperaturas y se podía avanzar más cómodamente.
Pedro iba a la cabeza del ejército, junto al rey y los abanderados, con sus banderas bordadas en oro y el emblema, de la silueta de un castillo en el centro. Los otros comandantes iban a un extremo, controlando al ejército, por si hubiera un ataque sorpresa, por parte de las tropas de Bermudo.
–Majestad, nuestro ejército está fuerte y preparado para iniciar el ataque, en el campo de batallas. Una de las cosas más importantes, era tener provisiones. Sin comida, el ejército se debilitaría mucho. Algunos combatientes le darían por desertar y regresar a sus hogares. No ha sido así, hemos conseguido que estén unidos, y con la unión se hace la fuerza –comentó Pedro.
–Sí, eso siempre. Me ha gustado tener a las personas contentas en mi reino. Pago bastante bien a los combatientes, y eso les ayuda a luchar con ganas y motivación. Es importante cuidar a todo nuestros soldados, todos somos importantes. El suministro de alimentos entre nuestros caballeros es lo primero. ¡Si estamos como osos! Somos fuertes e invencibles –aclaró el rey.
Por la mañana, atravesaron los siguientes pueblos:
Mélida, Rábano y Valdezate. En éste último, tuvieron un ataque contra un grupo de Tuybies de Zaragoza, que acampaban cerca. Pero no hubo bajas, algunos heridos. En cambio, entre los musulmanes, fueron atrozmente masacrados. Los arqueros y lanceros se encargaron de desmontar a los jinetes musulmanes.
Después de la contienda y de atender a los heridos, el ejército de Fernando continuó su marcha por un peligroso valle, de profundos barrancos llamado, el Valle de las Águilas. Allí permanecieron varios días descansando. Algunos heridos habían empeorado por la infección de sus heridas, estaban muy débiles. Un grupo de buitres planeaban por sus cabezas, anunciando una muerte segura.
Miembros de la caballería pesada fallecieron por la pérdida de sangre de sus heridas. El ejército emprendió el viaje saliendo del caluroso y peligros Valle de las Águilas.
Era el 3 de septiembre de 1037. Fernando I llegó a las inmediaciones de Tamarón, un hermoso valle cerca de Burgos. Montaron el campamento y pasaron la noche.

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