EN EL NOMBRE DE DIOS

EN EL NOMBRE DE DIOS

 

Marsella, sur de Francia, año 1200.

Clerk es un caballero Templario, ha sido encomendado una dura misión; salvar a un gran número de personas. Han sido condenadas por herejía. Clerk cree que la Iglesia está en todo esto. El Gran Maestre, Felipe de Plessiez ha elegido a su mejor caballero para investigar la trama y saber quién o quiénes son los culpables. Ya han muerto en toda Francia unas cien mil personas. Lo peor de todo, nadie ha averiguado ¿por qué tantas personas son condenadas a la hoguera?

–Gran Maestre… no puedo creer cuántas personas han muerto. No podemos permitir que mueran más. Algo extraño hay en todo esto. No entiendo por qué hacen esto –dijo Clerk.

–Eso mismo me pregunto. Tenemos que impedir más muertes. Dios sabe cuántas vidas se han ido a su Reino. Por eso te he citado, para que investigues. No me cuadra tantas personas muertas en la hoguera. Tanto sufrimiento. ¡A cambio de qué!

–Mi señor… no os preocupéis. Voy a indagar y voy a saber qué pasa en Marsella –comentó el Templario.

Clerk cogió su espada, el escudo triangular, un arco y un puñal. Bajó al establo y fue en busca de Salka, su caballo. Un hermoso purasangre de color blanco. El Templario se despidió de su líder y levantó el brazo en plan de venganza.

–¡Mucha suerte! Gritó el Maestre.

Clerk recorrió cientos de kilómetros, por los serpenteantes caminos del sur de Francia. Tenía claro que iba a luchar y desmantelar quién está detrás de tantas muertes. ¡Por Dios no permitas tantas muertes de tus siervos!

Cuatro días sin descanso llegó a la bella ciudad de Marsella. Entró por las murallas y observó que estaba fuertemente custodiada por guardias. Uno de los guardias dio una orden y detuvieron a un grupo de personas que se congregaban en la puerta principal de la ciudad.

Clerk vio entre las personas a mujeres y niños. El Templario se acercó a los guardias, pero uno de ellos le amenazó para que no se acercara. El valiente caballero agarró la empuñadura de su espada y el guardia se acobardó.

–¿Adónde van toda esas personas? –gritó el Templario.

Un guardia que iba delante de la multitud se detuvo y agarró su lanza de forma desafiante.

–Van a la hoguera, son todos brujos –añadió el guardia.

–¿Por qué son todos brujos? ¿Quién ordena esta atrocidad? –preguntó Clerk.

–¡Váyase de aquí! De lo contrario seréis condenado a muerte –dijo el guardia.

Seis guardias rodearon al caballero y lo llevaron junto con la multitud.

Subieron una calle y al final entraron en una abadía. A su entrada había más guardias. Entre los guardias había un señor bajito y encorvado. Tenía una larga barba blanca.

–Mañana serán todos quemados, ante los ojos del Señor –admitió el señor bajito.

Ese señor bajito se trataba del abad, Jaset, un líder cristiano realmente enloquecido por la fe cristiana. Él es el causante de tantas muertes en Francia.

El Templario fue llevado a una celda junto con mujeres y niños.

Clerk tranquilizó a las personas allí reunidas. Los niños lloraban asustados, había algunos que no superaban los dos años de edad.

–No os preocupéis, saldremos de aquí. Tenemos que pensar en una estrategia, antes de mañana. Necesito a un joven hábil.

Un adolescente llamado Kelin logró escapar de la celda y burló a los guardias. El Templario le había dado una carta para que se la entregara al Gran Maestre.

Clerk curó a una señora mayor, estaba muy débil, estaba desnutrida.

–Guardia, abra por favor, tenemos a una señor muy enferma, si no come, morirá –añadió el caballero.

–Sois brujos, moriréis todos –dijo el guardia.

–¿Crees en Dios? Él no quiere que haga estas cosas, por favor, abra la celda –comentó el Templario.

–Sí, creo en Dios. Vosotros adoráis al Diablo –comentó el guardia.

–No es cierto. Son personas que creen en otros principios, no quiere decir que se merezcan la muerte de esa forma. Si nos ayudas, Dios te ayudará –dijo Clerk.

El guardia no hizo caso y se marchó por un estrecho pasillo.

La señora mayor murió. No pudo resistir. Los niños lloraban, las mujeres se abrazaban a sus hijos y repetían.

–Señor, no deje que tus hijos sufran.

Clerk estaba muy descepcionado, la noche fue pasando lentamente y el joven no regresaba. La desesperación se incrementó. Algunas mujeres quisieron morir antes de ser quemadas vivas.

Ningún guardia nos trajo nada de comida y los niños estaban muy débil.

–Dios, no permitas a tus hijos sufran, en tus manos dejo sus espíritus –dijo el caballero.

Un grupo de guardias entraron en la celda y las personas fueron conducidas a una plaza donde había montañas de leña y medio centenar de estacas.

Cada mujer fue atada a una estaca y sus hijos fueron separados. Clerk fue atado a un gran poste de madera. Su caballo apareció en la plaza y comenzó a relinchar. La plaza se llenó de caballeros Templarios y se formó una batalla contra los guardias del abad.

Clerk consiguió desatarse y fue liberando a cada una de la personas. Los niños se reunieron con sus madres y el Gran Maestre trajo al valiente adolescente, que sin él habrían muerto todos quemados.

El abad fue detenido, acusado de asesino. Mató a lo largo de diez años a más de trescientas mil personas. La Iglesia lo condenó en la hoguera.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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